bellesa i poder

 

MUJERES DE ENSUEÑO.

UNA HISTORIA CULTURAL DE LAS MODELOS DE MODA1
per Patricia Soley-Beltrarn

ABSTRACT: Este artículo presenta una historia cultural de las modelos de moda como mitos de género e iconos culturales. Dicha historia pone de relieve la construcción social de la persona pública de la modelo a través de un proceso de suma de capas de significados: físico, lenguaje corporal, actitud, nacionalidad, clase, etnia, salario, camaleonismo, delgadez, etc. La autora sostiene que el glamour de las modelos expresa un poder social y económico, y promueve valores consumistas, valores que exporta a través de una suerte de neo-colonialismo visual. Sobre la base de datos empíricos cualitativos recogidos en entrevistas, fuentes orales secundarias y material autobiográfico sobre la experiencia de las modelos, la autora analiza los cuerpos, identidades y personas públicas de las modelos como artefactos performados a través de la reiteración de prácticas y estándares de género definidos colectivamente. Esta perspectiva analítica supera las dicotomías visibilidad/invisibilidad, público/privado, real/irreal que presenta el discurso de la moda, a la vez que evidencia los estándares hegemónicos de belleza como una ficción. Asimismo, el marco interpretativo se contrapone a algunos de los discursos tradicionales del feminismo en relación a la belleza.

CONCLUSIONES

Considerar la belleza como un mito poderoso y aproximarse al verdadero backstage de la moda – no sólo aquel que nos “descubren” las fotos banales que se toman antes de la salida a la pasarela, sino de los dispositivos sociales que constituyen el deseo – demuestra ser un provechoso ejercicio. Así pues, el estudio de la profesión de modelo revela la belleza hegemónica de las modelos como una mecanismo que define y regula los estándares normativos para una identidad aceptable. Como pone de relieve su historia cultural, el glamour de las modelos expresa contenidos simbólicos que se refieren a la clase, nacionalidad, etnia, movilidad social, auto-control, maleabilidad, habilidades de género, riqueza, poder, éxito y la supuesta seguridad en sí misma que los acompaña. Así pues, la historia cultural desvela la progresiva construcción de la persona pública de la modelo como contenedor simbólico de una serie de valores propios de un sistema capitalista que rigen de forma interseccional la clase social, el género y la raza, entre otros vectores. Los cuerpos de las modelos son perchas cuya delgadez no interfiere en la visibilidad de las prendas que nos muestran. Sus personas públicas simbolizan un yo ideal que supuestamente demuestra la posibilidad y la deseabilidad de su consecución. Se han convertido en iconos de belleza y de perfección social y ejemplifican el éxito como recompensa al conformismo. Cuando se hallan asociados a ciertos productos se convierten en fetiches de éxito social y económico. Esta asociación puede llegar a niveles grotescos, como ilustra el caso de las turistas japonesas que lloraban de emoción al descubrir a la modelo Inès de la Fressange entrar en la Maison Chanel de Paris, como la propia modelo nos narra en su biografía (Fressange 2002: 102).

Sin embargo, las experiencias de las modelos profesionales ponen de relieve que su actuación tiene sus inconvenientes, como la falta de control sobre sus carreras profesionales, la alienación de su propio sentido de la identidad, de su cuerpo y sus emociones, inseguridad personal, etc. No obstante, el discurso que se vehicula a través de los cuerpos de las modelos presenta el glamour como una cualidad relativamente fácil de conseguir con la condición de que se realice la adecuada elección de consumo. A través de su poder visual, la industria del lujo utiliza toda su magia para crear mitos inalcanzables que inspiran deseos cuya satisfacción se pospone permanentemente.

Hemos analizado la coexistencia dos mitos respecto al modelaje como opción profesional para mujeres: la modelo que mejora su posición social a través de un matrimonio ventajoso – en el que se reitera una noción de la mujer como un objeto cuya belleza es instrumental para fundamentar su ascensión social – y el mito de la profesional independiente y dueña de si misma: una ficción sostenida por las industrias de la moda, las agencias de modelos y los medios que a menudo desmienten las propias profesionales. Las declaraciones de “las niñas” – como habitualmente se las nombra en la profesión – revelan un notable desequilibrio entre su imagen de absoluta autoconfianza y su realidad profesional: precariedad laboral, constante competencia, inseguridad personal y objetificación, con la consiguiente fragmentación y alienación corporal y psíquica.

En un contexto de disparidad en opciones profesionales, oportunidades, prestigio y remuneración con respecto a los hombres, la obligatoriedad y valorización de la belleza femenina conduce a muchas jóvenes a tratar de rentabilizarla. Por parte del feminismo deberían superarse las posturas dogmáticas y los prejuicios: ni todas las modelos profesionales son siempre víctimas de la explotación, ni son las únicas responsables de la tiranía de la imagen que nos acosa. Más aún, un análisis riguroso de la construcción de la belleza femenina nos permitiría conocer mejor la objetificación de la mujer que subyace la violencia de género.2

Las modelos al mismo tiempo agentes performativos y sujetos de la performatividad de género: son agentes en tanto que su deber profesional es actuar en perfecta conformidad con los estándares de identidad definidos colectivamente; son también sujetos de la performatividad en tanto que están sus cuerpos e identidades están constituidos por la disciplinada reiteración de dichos estándares. Como he mostrado, las modelos aprenden a ejercer un estricto control sobre sus cuerpos, expresiones faciales, apariencia, conducta pública y autoconciencia de acuerdo con los ideales prescritos, mientras que sus personas públicas se modelan como sofisticados artefactos a través de la adición sucesiva de capas de significados simbólicos. En suma, el estudio de la profesión de modelo nos muestra cómo un constructo social, la persona de la modelo, se convierte en referente para la imitación prestigiosa y la deseabilidad como si dicho constructo se tratara de un ente real que se pudiera alcanzar cuando, de hecho, no son nada más que una ficción.

En inglés antiguo el término glamour, etimológicamente relacionado con “grammar” (gramática), indicaba magia, encantamiento, hechizo y conjuro, dado que el glamour era el aura que rodeaba a aquellos que, por virtud de su alfabetización, detentaban el “prodigioso” poder económico y social. En la era de la comunicación visual, el glamour todavía “hechiza” mediante el conjuro del poder. A pesar de sus pretensiones progresistas, la moda sólo será radical si logra escuchar los discursos críticos y modificar sus propias estructuras y sistema de producción. Quizás ha llegado el momento de que los consumidores empecemos a romper “encantamientos”, que no dudaríamos de tachar de “primitivos” si se hallaran en culturas que no fueran la propia, y dejáramos de creer que la apariencia puede devenir substancia.

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